El puente que permitió cruzar desde una sociedad semibárbara a otra evolucionada y enfilada al progreso social, tuvo uno de sus pilares fundamentales en el desarrollo, la ampliación y consolidación de su sistema educativo.
De José Pedro Varela los uruguayos merecimos la noción política que la república no existe sin republicanos y que estos solo pueden surgir de la derrota de la ignorancia. Por la libertad que genera la transmisión colectiva de los conocimientos. Por la educación sistemática, gratuita, laica y obligatoria. De la que no distingue por clases sociales de pertenencia; de la que igualando a los educando propone un mismo punto de partida en el acceso a los bienes del saber y la socialización. De la que respeta el maleable fuero infantil, manteniéndolo en el aula al margen de las siempre discutibles tendencias políticas, filosóficas, religiosas y otras variantes. De la que seduce por sus atractivos, genera hábitos positivos, expande las personalidades y genera comportamientos para una convivencia civilizada.
Una mirada retrospectiva, desde fines del siglo XIX hasta la primera mitad del XX, permite apreciar que, sobre aquellas bases, la comunidad nacional había alcanzado progresos notorios en el comparativo continental y, en el campo interno, imperaba una alta valoración de los efectos de tal orientación, así como de la calidad adquirida por los cuadros docentes.
Pero, irrumpió sigiloso el languidecimiento educativo. Las generaciones jóvenes que entrábamos examinar el país y nos implicábamos en el quehacer ciudadano, así lo advertíamos. Décadas han transcurrido.
La interrupción institucional de junio de 1973 ahogó las expectativas renovadoras. Como contracara de las persecuciones produjo docentes y alumnos enchalecados. Se aplastaron la libertad de cátedra y la circulación de ideas. El oscurantismo siempre se paga.
De modo similar, lo que no se hace bien cuando se tiene la oportunidad. Este drama ocurre desde 1985, sin perjuicio de reconocer tentativas de técnicos y pedagogos esforzados.
Dentro del sistema económico imperante -preñado de inequidades que azotan a los más con guerras monstruosas y calamidades brutales- se ha producido una revolución tecnológica que obliga a modificaciones radicales porque de este signo han sido los avances del conocimiento y de las ciencias aplicadas.
Renato Opertti, un especialista que vuelca su visión a los vínculos entre educación-sociedad-cambios, recordaba (1) que la Agenda 2030 de Naciones Unidas para un desarrollo sustentable advierte que el crecimiento económico debe tomar en cuenta cómo impacta la explotación de los recursos y cómo se distribuyen los frutos del trabajo, de modo de satisfacer a las generaciones presentes sin comprometer a las futuras.
Solo desde este punto de vista el aprendizaje debería comprender -siguiendo al académico Arjen Wals (2)- tres tipos de alfabetización: la ambiental; la de ciudadanía global (el hombre como parte indisoluble del mundo), con reconocimiento de lo universal, lo nacional y lo local y, la referente a la protección de la vida.
Hay un ensanchamiento de las vías y responsabilidades de la educación.
Uruguay se ha autorrelegado.
Al olmo no se le pueden pedir peras. Del mismo modo, al hospital de campaña que ocupa la Dra. María Julia Muñoz en el ministerio llamado de educación y cultura, nadie podría reclamarle que le cambie el ADN al sistema educativo nacional.
NOTAS
1.- Diario El Observador - 22.09.2016
2.- Arjen Wals: profesor en sustentabilidad socio-ecológica en las Universidades de Wageningen (Países Bajos, orillas del río Rin), Gotemburgo (Suecia, provincia de Västra Götaland, costa oeste) y de EE.UU.