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Por Walter Celina - 21 de Julio 2016

ESCUELA PÚBLICA A. BARRIOS PINTOS


Un núcleo de ciudadanos, entre quienes se encuentran académicos de las respectivas corporaciones de letras e historia, más un núcleo de amigos del historiador e investigador Aníbal Barrios Pintos, han puesto proa a la iniciativa para que una escuela pública recoja el nombre del ilustrísimo compatriota. Propugnan para que una ley le confiera ese cometido a ANEP.

Con 92 años y una extraordinaria lozanía mental, su vida se extinguió en 2011. El episodio ocurrió en una sesión de trabajo del Instituto Histórico y Geográfico, portando su carpeta de antecedentes y anotaciones.

Nada hacía pensar que ello pudiera acontecer. La vida tiene ese momento en que el tiempo individual se detiene. Tras esa circunstancia inexorable, aparecen con prístina claridad, los rasgos que, en el caso de Don Aníbal, eran vocación genuina para el estudio sistemático, amplitud para captar las circunstancias de los hechos, valoración de los enfoques de los demás, tolerancia acrisolada y una manera erudita de sustentar sus convicciones.

Por distintos carriles, en períodos relativamente próximos, tuvimos con mi estimado amigo Néstor Aguirre, oriundo de Mercedes y ex Director General de la Cámara de Representantes, oportunidad de cultivar la amistad de Barrios Pintos. Relaciones fraternas, la suya como la mía, que no venían de antaño.

Ambos pudimos consultarlo por temas de nuestro particular interés. Salíamos fortalecidos de esos encuentros.

Don Aníbal, además, era un interlocutor que indagaba, dándole relevancia al coloquio. Inquiría: ¿qué sabe Ud. de esto; cómo ocurrió por lo que Ud. recuerda ese suceso; cuál era el uso de tal frase en aquella época?

Mis conversaciones con él discurrían por mil caminos.

A veces, lo mejor de nuestro contacto quedaba suspendido. Era cuando Don José Bouzón -o su esposa-, dueños del Café y Restaurante Rey, frente a la Plaza Líber Seregni, llegaban con el almuerzo. Y de paso, me advertían que el mío estaba pronto. Como hombre del Interior tenía la cualidad de saber compartir la vecindad, con sencillez proverbial.

De su generosidad recibí sus libros finales, así como los ejemplares de las revistas de letras e historia, de cuyo cuidado editorial era celoso guardián.

Cuando le alcanzaba copia con textos de mis comentarios sobre algunos de los temas insertos, los recibía con una sonrisa levísima de reconocimiento.

Tenía un particularísimo cariño por la Prof. Ana Ribeiro y admiraba la capacidad del Lic. Gerardo Caetano, entre personas de su aprecio.

Un día, a poco de llegar, me esperaba con una fotocopia sobre la mesa del comedor, que era su lugar habitual de recibo. Único sitio de la casa libre de carpetas ordenadas en pilas, libros y más libros. Con brevedad me la ofreció diciendo: “Es para Ud. La escribió Caetano”. Contenía una valoración académica de la acción política de mi jefe político Rodney Arismendi.

Teníamos buena confianza en nuestros diálogos. Compartí muchas horas en su domicilio, asistimos a algunos actos y departimos momentos adicionales, café por medio. Su cabeza enciclopédica en materia de historia nacional estaba dotada del don de la humildad.

Me contó muchos episodios insólitos y desconocidos. Hombre intrépido, contrataba avionetas para hacer tomas fotográficas documentales de parajes poblados, estancias y sitios muy diversos. No era una extravagancia. Ello sumó para su gran obra acerca de “los pueblos orientales”. De aquellos poblados que sucumbieron, de los que fueron creados en el papel sin tener sustento y de los que pervivieron, alcanzando la fisonomía de la modernidad.

Había también jugado fútbol y trabajado en radio. Sus notas periodístico-culturales cobraron justo renombre en el suplemento dominical del Diario “El Día”.

Un día le pregunté algo sobre Carlos Gardel. A la vez siguiente, me inquirió si seguía interesado en el asunto. Le contesté: -Sí, me mantengo en comunicación con un grupo de argentinos y uruguayos que exploran su biografía. Acotó de inmediato: -Entonces de voy a traer algo. Al regresar me dijo: -Tengo esto sobre Gardel. Llévelo y vea si encuentra algo que pueda importarle.

Era su archivo gardeliano. Me lo entregó por propia iniciativa. Con la generosidad de un maestro.

Prontamente, una escuela pública en su querido departamento de Lavalleja, debe llevar su augusto nombre.

La que recuerde a Aníbal Barrios Pintos como un prototipo de uruguayo ejemplar.

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