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Por Walter Celina - 12 de Junio 2016

GARDELIANAS - VIAJE EXPRESO A LA CIUDAD VIEJA - NOTA 3


PEPO, EL CANTOR

En las dos notas precedentes, con la compañía de nuestro entrañable amigo argentino, el Dr. Carlos Perrotta, iniciamos un itinerario peculiar que nos introdujo en el otrora recinto amurallado del Montevideo fundacional.

La historia, sombra indisoluble del hombre, nos permitió aproximarnos a la casa natal de José Artigas y visualizar la emblemática provisión barrial de Don Lito D’Alessandro (1), finca sobre la planeaba la leyenda “aquí nació Artigas”. Una investigación rigurosa desmentiría el aserto popular, aunque dejando incólume la imagen del niño que corrió por senderos empedrados, asociando luego su suerte a la causa de la revolución federalista platense.

El comercio podía distinguirse de cualquier otro. No era el bar “Jauja”, con su amplio y elegante mostrador de madera lustrada, ni poseía las sólidas mesas, marginadas con sillas y butacas de roble.

En una noche, casi veraniega de 1956, con dos recordados amigos aguardamos en Jackson y Constituyente el ómnibus que nos dejaría en Plaza Independencia. Martín Irisarri pronto se titularía de escribano y actuaría como Fiscal en Mercedes. Atilio Ritorni cursaba derecho y era un animador entusiasta de encuentros juveniles.

Tomando por Sarandí y entrando por Bartolomé Mitre, orillamos “el Jauja” y por 25 de Mayo enfilamos hacia el comercio de Don Lito, en Pérez Castellano. (2)

Sobre las 21 horas, las existencias de la verdulería y frutería “Artigas” eran acondicionadas en un patiecito y, los cajones de la mercadería -que eran con tablas clavadas- se volvían mesitas y asientos resistentes para los concurrentes.

El dueño de casa y un colaborador cortaban queso sazonado y salame, que podía acompañarse con vinos, por lo regular de la variedad Harriague, de buena calidad. Se hablaba de modo quedo, siempre que no llegaran estudiantes residentes del Hospital Maciel, proclives a las cantarolas en los fines de cursos. Era irresistible mirar hacia el techo bajo, de dos aguas, del que pendían mallas urdidas por arañas, simulando tejidos colgantes. ¡Las telitas! En plural.

Al llegar saludamos circunspectos. Don Lito ubicó la cajuela que serviría de mesa y los correspondientes improvisados bancos. La picada y los vasitos de tinto no demoraron.

En algo era conocedor de tales ambientes y de la psicología que los anima. Había ganado cierta experiencia como colaborador aficionado en el bar de mi padre. El coloquio con Lito fue casi inmediato. Hablamos del Club Washington, que estaba a la vuelta, cuyos bailes frecuentábamos con otro gran amigo, el funcionario bancario Nelson Frabasile. Pero, fue conversando sobre Gardel que Don D’Alessandro me habló con verdadero entusiasmo de Pep(p)o, el cantor.

Lo consideraba otro verdadero Gardel. Sin vacilación. Fue mi gran descubrimiento. Se apenaba que -fruto de su bohemia- no hubiera dejado ningún registro.

NOCHES DEL “PLUS ULTRA”

Aún me domina saber más de tal personaje. Solo un párrafo de Julio César Puppo, “El Hachero”, ha podido consolar parcialmente mi intriga. En su nota “Calle del Yerbal, un mundo”, escribió: “En la esquina de Juan C. Gómez, el “Plus Ultra”, con las guitarras de Cesaro, Peppo, Boris o Chiriff (amigo de Gardel - WEC), y su famosa bananita. El que regresa al barrio sin haberla tomado, no es un hombre completo todavía. Nos recibe un letrero pegado a un barril: “Vayan entrando, vayan pidiendo, vayan pagando, vayan saliendo”.

La denominación del bar recordaba un hecho sin precedentes. El vuelo a través del océano Atlántico del hidroavión “Plus Ultra” (Más Allá), tripulado por cuatro navegantes españoles y un fotógrafo. La nave aérea partió del famoso Puerto de Palos el 22.01.1926. Después de varias escalas arribaría a Montevideo el 09 de febrero, conmocionando el ambiente. Tras tributos de reconocimiento oficiales, partiría al día siguiente para Buenos Aires, teniendo un recibimiento apoteósico.

En enero de 1928 Carlos Gardel grabaría en Barcelona “La Gloria del Águila”, en homenaje a los protagonistas de la inédita travesía.

Cuando para muchos la noche abría sus páginas, nuestro trío abandonó la casita colonial, oído receptor de las voces portuarias. Luces coloridas escapaban de los locales; músicas de jazz y tangos repicaban sobre los adoquines gastados.

Fieles en la amistad, apegados a la emoción de la ciudad de antaño y sus gentes, enderezamos nuestros pasos hacia la urbe nueva, a la del horizonte contemporáneo. La del cemento y el acero, para la que Cátulo Castillo pudo escribir estos versos:

“Tan alta la ciudad/ que nos dejó sin sol,/ que nos tapó la estrella/ del último farol.”

NOTAS

(1): Descendientes del comerciante atienden en el lugar un emprendimiento turístico-cultural que han denominado “La Vieja Telita”, modificando la denominación original.

(2): La construcción colonial subsiste con su característico perfil y corresponde a la calle Pérez Castellano Nº 1399.

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