Recuerde el alma dormida;
avive el seso y despierte,
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando…
Jorge Manrique (1440-1479)
COLISIÓN CON EL FUTURO
El ilustre pensador José Ortega y Gasset (1883-1955), contemporáneo de Federico García Lorca, sostenía que “la vida cobra sentido cuando se hace de ella una aspiración a no renunciar a nada”. El concepto parece hecho a la medida del portentoso andaluz.
La intensidad e intrepidez de esta figura máxima de la poesía y la dramaturgia española del siglo XX, desde su amanecer, lo introdujo en el mundo del saber y, porque cada hombre es sujeto de la historia de su tiempo, pudo -también- estar asomado a episodios resonantes de la política, la ciencia, la literatura -en sentido amplio- y las artes.
No cabe duda alguna que F.G.L. pudo guiarse por ese principio soberano, enunciado por Ortega y Gasset: el de “no renunciar a nada” de lo que se ama.
Esa formidable cualidad humana lleva, como también advirtió el intelectual ibérico, a “una colisión con el futuro”. A la despejada lucha entre la demanda individual, propia, y la resistencia a vencer para alcanzar la meta.
No obstante, infiero, contradiciendo la visión de este maestro, que el “anhelo del ser” no sólo es una cuestión volitiva, un “yo quiero”. La vida de Federico muestra palmariamente -y lo habrá apreciado el lector de este ciclo de notas- que él no podría ser sino “la suma de todo lo anterior”; de lo que fue, paso por paso.
Llevado a plural, somos y nos proyectamos según, lo que hayamos sido.
Los viajes de F.G.L. a Estados Unidos, Cuba, Buenos Aires y Montevideo, más el advenimiento de la II República Española (1931-1936) como potenciadota de la cultura, mostraron la estrella ascendente de un Federico realizador poemático, de un director teatral llevando al público nacional y extranjero obras propias y ajenas, de un disertante requerido y admirado por la soltura de su lenguaje y personal simpatía.
En la novel república -contradictoria-, que surgía bajo el denominador común de aspiraciones democráticas y transformadoras que sacudieran los signos medioevales imperantes, F.G.L. no fue un apático o un indiferente. Su partido fue la república. Sólo eso; nada más, nada menos.
El escritor uruguayo Enrique Amorim en sus apuntes memorísticos ofrece un testimonio inexpugnable. Con su amigo conversaba sobre la situación del país, cuando “en plena calle de Madrid, ante una temprana pregunta mía -en vísperas de estallar la guerra civil-, Federico me gritó indignado, como si mi curiosidad le hubiera ofendido: “Con Azaña, qué duda cabe... ¡con Azaña!” (1). Recuerda la pasión de su acento y la vivacidad de su rostro. Y, con esta línea, cavila sobre “aquel muchacho genial, a quien bajarían del aire donde se había apostado para cantar, las balas más crueles del siglo…”
La colisión con el futuro puede, efectivamente, recorrer los caminos más ásperos. En tales fogonazos caen y se inmortalizan los preclaros y los signados que, sin nombres mayúsculos, habitan en cualquier pueblo sediento de redención. Había llegado la hora en que la muerte, tan callando, tocaría a Federico, sin vencerlo.
ASESINATO IRREDIMIBLE
El 17 de julio estalla en Marruecos la sublevación militar contra la II República. Desde Canarias, Francisco Franco proclama un alzamiento nacional. En la jornada del 20 Granada era dominada por la falange. Manuel Fernández Montesinos, alcalde de la ciudad y marido de Concha -hermana de Federico-, es arrestado en el Ayuntamiento y, en días, fusilado.
El clima represivo lleva al escritor alojarse en casa de los hermanos Rosales, amigos confiables, pertenecientes a la fracción insurrecta.
Allí, en el centro de Granada, el 16 de agosto, el poeta es detenido por Ramón Ruiz Alonso, exdiputado de ultraderecha. Le conducen a la sede del Gobierno “Civil”. José Valdés Guzmán oficiaba de comandante, en tanto el general Gonzalo Queipo del Llano era jefe principal de los sublevados en Andalucía Occidental.
Diversas personalidades intercedieron por la vida de Federico, obteniendo de los captores promesas de salvaguarda. Sin embargo, con otros presos, fue llevado en un camión a un lugar al borde de unos barrancos en la carretera entre Viznar y Alfacar. En medio de la nocturnidad fue ejecutado. Igual suerte habrían corrido los otros cautivos.
El hispanista Ian Gibson estima que el crimen ocurrió en la madrugada del 18 de agosto de 1936. Un documento oficial de la época apenas señaló que el hecho acaeció “en el mes de agosto de 1936 a consecuencia de heridas producidas por hecho de guerra”…
Hace un año la Cadena SER, en España, divulgó correspondencia secreta de ministros franquistas que, en 1965 (29 años después) produjeron consultas acerca de las circunstancias del fusilamiento con desaparición de los restos. Los folios respectivos se escribieron luego que la escritora francesa Marcelle Auclair -amiga de F.G.L.- pidiera, vía diplomática, datos sobre la aprehensión y muerte (que no se dieron) del prisionero. Preparaba una biografía.
Los restos de Federico García Lorca aún no han aparecido. Esa búsqueda, como la de los miles de muertos por el franquismo, continúa. España no olvida. Las generaciones asumen un doloroso legado. Como inquieren, en tierras de otros calvarios, quienes sobrellevan la desaparición de familiares y amigos/as.
"Vivir la vida de tal suerte que viva quede en la muerte" (2) es un verso, bello y sentencioso, del venero lírico español.
Se ciñe a la estatura alcanzada por F.G.L. Tanto por la ética del ciudadano comprometido con el bien, como por la estética de un creador reluciente.
NOTAS
(1): Manuel Azaña (1880-1940). Presidente de España en los períodos 1931-33 y 1936-39. Escritor, periodista, político, orador vibrante. Sus “Diarios” se valoran como documentos de época. Sostuvo: “No quiero ser presidente de una República de asesinos.”
(2): Teresa de Ahumada/Santa Teresa de Jesús (1515-158).